Quedamente, él dormía. Sus ojos se movían bajo sus párpados, mientras coloridas imágenes paseaban por su mente. Su sueño se vio interrumpido por un ruido del exterior. Algo similar a un zumbido de una mosca. Hizo una mueca antes de abrir los ojos... y la luz lo cegó.
Se hallaba en un campo abierto, el olor de las lavandas danzaba en su nariz, mientras el pasto se extendía a su alrededor con notorias manchas florales, de margaritas, girasoles y rosas. Un ciervo cruzó a lo lejos y algunas aves cantaban alrededor. Cuando se puso de pie, sintió un escalofrío con el viento que ondeaba. El cielo era una alfombra violácea con nubes anaranjadas, y a lo lejos, el sol distraídamente se despedía en el horizonte.
Una vez de pie, y luego de bostezar y estirarse, él se dedicó a recorrer la estancia donde se encontraba. Nunca había estado ahí, pero su corazón le decía lo contrario. Caminó unos metros y apoyó su espalda bajo un árbol para ver con claridad la puesta... pero el sol se negaba a irse. Él suspiró cansinamente.
A lo lejos del claro, una figura le pareció llamar la atención. Una casa de madera echaba pequeñas bocanadas de humo por la pequeña chimenea. Un caballo bebía agua de un río cercano y la puerta parecía estar abierta. A pesar de ello, la distancia para llegar a la casa, era tremenda.
Cómo podría... pensaba él, con pensamientos casi audibles. Una extraña sensación golpeteó su pecho, y aquel claro ya no le pareció un lugar tan seguro. Sintió que varios pares de ojos lo observaban y una necesidad de huir de ahí se apoderó de él. Pensó en correr, pero le pareció que lo seguirían, así que empezó a caminar silenciosamente para tratar de avanzar distancia. Una vez más lejos, correría desesperadamente hasta la pequeña cabaña.
No pareció servirle de mucho el esfuerzo, porque aquellas miradas seguían tras él, y las sentía más cercanas. Empezó a apurar el paso, cuando alzó la vista y vio a unas aves que no reconoció volar en dirección a unas montañas más lejanas que la cabaña. -Si sólo pudiera escapar como ellas...- dijo nerviosamente, cuando de sus brazos emergieron un montón de hilos brillantes que flotaban hacia arriba. El chico miró con asombro y un poco de miedo lo que ocurría con su cuerpo. Luego una bandada de aves blancas apareció desde el cielo, y tomó cada uno de los hilos, y de un suave tirón, lo elevaron por los aires. No sintió el dolor de los picos y las garras que lo llevaban, sólo la pequeña tensión de los hilos, que lo incomodó un tanto. Mientras flotaba por lo aires, llevado por aquellas aves, miró hacia atrás, y pareció ver una silueta escondida tras la sombra del árbol en que se refugiaba.
Le pidió a las aves que lo llevaran a la cabaña, y así lo hicieron. Lo soltaron a unos cuantos metros y se fueron, llevándose consigo los plateados hilos. Una vez abajo, el estómago le exigió alimento.
Caminó hasta la rústica cabaña. La cual era de madera toscamente tallada, unas ventanas tapadas por unas cortinas ocres, escondían la luz que se hallaba dentro de la estancia. Con pasos indecisos, se acercó a la puerta, y tocó tres veces. Luego de unos minutos, el pómulo de la puerta se giró suavemente.
Se hallaba en un campo abierto, el olor de las lavandas danzaba en su nariz, mientras el pasto se extendía a su alrededor con notorias manchas florales, de margaritas, girasoles y rosas. Un ciervo cruzó a lo lejos y algunas aves cantaban alrededor. Cuando se puso de pie, sintió un escalofrío con el viento que ondeaba. El cielo era una alfombra violácea con nubes anaranjadas, y a lo lejos, el sol distraídamente se despedía en el horizonte.
Una vez de pie, y luego de bostezar y estirarse, él se dedicó a recorrer la estancia donde se encontraba. Nunca había estado ahí, pero su corazón le decía lo contrario. Caminó unos metros y apoyó su espalda bajo un árbol para ver con claridad la puesta... pero el sol se negaba a irse. Él suspiró cansinamente.
A lo lejos del claro, una figura le pareció llamar la atención. Una casa de madera echaba pequeñas bocanadas de humo por la pequeña chimenea. Un caballo bebía agua de un río cercano y la puerta parecía estar abierta. A pesar de ello, la distancia para llegar a la casa, era tremenda.
Cómo podría... pensaba él, con pensamientos casi audibles. Una extraña sensación golpeteó su pecho, y aquel claro ya no le pareció un lugar tan seguro. Sintió que varios pares de ojos lo observaban y una necesidad de huir de ahí se apoderó de él. Pensó en correr, pero le pareció que lo seguirían, así que empezó a caminar silenciosamente para tratar de avanzar distancia. Una vez más lejos, correría desesperadamente hasta la pequeña cabaña.
No pareció servirle de mucho el esfuerzo, porque aquellas miradas seguían tras él, y las sentía más cercanas. Empezó a apurar el paso, cuando alzó la vista y vio a unas aves que no reconoció volar en dirección a unas montañas más lejanas que la cabaña. -Si sólo pudiera escapar como ellas...- dijo nerviosamente, cuando de sus brazos emergieron un montón de hilos brillantes que flotaban hacia arriba. El chico miró con asombro y un poco de miedo lo que ocurría con su cuerpo. Luego una bandada de aves blancas apareció desde el cielo, y tomó cada uno de los hilos, y de un suave tirón, lo elevaron por los aires. No sintió el dolor de los picos y las garras que lo llevaban, sólo la pequeña tensión de los hilos, que lo incomodó un tanto. Mientras flotaba por lo aires, llevado por aquellas aves, miró hacia atrás, y pareció ver una silueta escondida tras la sombra del árbol en que se refugiaba.
Le pidió a las aves que lo llevaran a la cabaña, y así lo hicieron. Lo soltaron a unos cuantos metros y se fueron, llevándose consigo los plateados hilos. Una vez abajo, el estómago le exigió alimento.
Caminó hasta la rústica cabaña. La cual era de madera toscamente tallada, unas ventanas tapadas por unas cortinas ocres, escondían la luz que se hallaba dentro de la estancia. Con pasos indecisos, se acercó a la puerta, y tocó tres veces. Luego de unos minutos, el pómulo de la puerta se giró suavemente.
Continuará...
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PD: ¡Volví! ¡Estaba vivo!
