miércoles, 20 de noviembre de 2013

"Posiblemente me quisiera, vaya uno
a saberlo, pero lo cierto es que tenía
una habilidad especial para herirme."
La Tregua - Mario Benedetti 


Casi, como que fuese capaz...

sábado, 2 de noviembre de 2013

Termina Octubre...

Anoche me visitó ese sueño otra vez... hace años que no lo tenía...

"Era pasado la medianoche... y caminaba por una calle que se me hacía conocida de toda la vida. Recuerdo una fábrica que siempre se me hizo abandonada, unas casas de adobe que parecían sacadas de un cuento de Dickens, muchos gatos de colores variopintos y un letrero que colgaba de una casa: "Aquí atiende la famosa tarotista, la Señora Sofía". Rezaba la otrora publicidad.

Corría una brisa fría desde oriente... me traía ese olor a tierra mojada y nomeolvides con el que alguna vez se tejieron los sueños de mi adolescencia. Las primeras cuadras las sorteaba con la luna sobre mi cabeza, pero a medida que avanzaba, el cielo comenzaba a perderse entre nubarrones, dejando cada vez menos estrellas a la vista... lo otro que me llamó la atención fue la distancia: mi cabeza pensaba en llegar a su "destino" (sea cual fuese... o quizás, ya lo conocía) en pocos minutos, pero la distancia era más del doble de lo que yo -supongo- esperaba.

Finalmente llegué a destino. Una casa que parecía cada vez más deshabitada. Extrañamente, se parecía a dos casas que conozco en la vida real, pero lucía mucho más raída. Las paredes tenían la misma pintura descascarada de siempre, las luces de navidad parecían haber conquistado el techo de la entrada para no irse jamás y la enredadera del costado cada vez se apoderaba más y más de la vereda. Unas casas más lejos, un pastor alemán y su cachorro me ladraban con el miedo que sólo se le tiene a aquello que se desconoce.
Segundos después, ya estaba dentro de la casa (no sé cómo, ni por qué). Perdía la vista entre el techo colosal, y reparaba inmediatamente en una serie de habitaciones a ambos lados. "la habitación de la derecha la conozco muy bien." Caminé por aquel pasillo, crucé un pequeño hall y salí al patio trasero. Aquel patio lo conocía a la perfección... volvía a sentir la brisa que llegaba de oriente, como si hubiesen 40º de diferencia entre el interior de la casa y el patio. Caminaba por aquel jardín que conocía en detalle... 27 pasos hasta la piscina del fondo (los conté). Sólo me guiaba con una luz lejana que venía desde el interior de la casa, cuando de pronto siento algo  bajo mi zapatilla. Levanto el pié y encuentro un ángel de plata (mi ángel, que me regalaron hace ya casi diez años), lo tomo sin entender cuando siento pasos tras de mí.
Una silueta que no alcanzo a distinguir me está viendo. Me observa desde todos los rincones de aquel hogar, que parece cobrar vida frente a la presencia de un intruso. Siento cada latido del corazón de aquella casa, le siento respirar e incluso jadear en una mezcla de sorpresa y placer, intento moverme, pero no puedo, algo en mi muñeca izquierda ejerce el peso de diez personas y no me deja mover... el ángel. Cuando lo miro, siento el calor que comienza a desprender, un calor que hace que el acero se pegue a la piel y se funda bajo la carne y el hueso... desde allí... todo se vuelve confuso.
Sólo recuerdo luego, estar frente a la reja de aquella casa. La puerta de la misma entreabierta, invitándome a salir, como deseando mi partida para no ser descubierta, y también una gata negra acariciándose entre mis tobillos. Cruzo el umbral de la puerta, y miro atrás una vez más... y ahí le vuelvo a ver. La misma silueta, esta vez notoriamente femenina y casi reconocible me observa desde una ventana, a la derecha de la puerta principal, fundida entre las gruesas cortinas, y con las luces apagadas. Sólo distingo con claridad aquellos ojos pardos plagados de flores y estrellas. Suficiente para saber quién es. La gata se pierde de la nada dentro de la casa, y cuando logro sostener la mirada de aquella silueta, la puerta de la reja se cierra de golpe, dejándome al borde de la calle. No vuelvo a sentir nada en aquella casa... la magia se ha ido junto con el ruido de los metales de la reja. Cuando reparo en ello, me doy cuenta que ya amaneció.
Miro mi mano, y aún está ahí... mi ángel. Ya no está pegado a la piel, ni duele, es sólo un collar. Mientras camino, vuelvo a pasar por las casas de adobe, la casa de la tarotista y la fábrica mientras me llevo el pendiente al cuello. Finalmente, siento sonar mi teléfono... me llevo la mano instintivamente al bolsillo, y cuando miro la pantalla para ver quién llama... despierto.

Las dos veces que he despertado de este sueño, han sido con llamadas reales, una de Francisca y la otra del 103 de Movistar. Ambas veces, he quedado con una sensación de incertidumbre, y un pequeño hormigueo en la mano.